quinta-feira, 28 de novembro de 2013

Prádanos de Ojeda - la perdiz roja (14)



        
       La perdiz roja (Alectoris rufa) es un ave no migratoria de áreas donde predominan colinas o cerrillas como en las diferentes provincias o regiones de Castilla [La Vieja y La Mancha): se la encuentra prácticamente en todos los continentes (Eurasia, África y América > aquí se la conoce como perteneciente a la familia de los odontofóridos, o sea, aves gallináceas conocidas vulgarmente como codornices del Nuevo Mundo ej.: perdiz de la California, en cuyo grupo se incluyen aves semejantes a las perdices, pero exclusivas del continente americano. En realidad,  son aves pequeñas no relacionadas a las codornices del Viejo Mundo/Europa, aunque se las denomine con el mismo nombre, debido a su apariencia y hábitos similares. Las especies americanas, como las del Brasil (técnicamente pertenecen a los tinamídeos = aves muy procuradas para alimento en regiones rurales sudamericanas), pertenecen a una subfamilia propia, en cuanto las perdices europeas están incluidas en la familia de los faisánidos = aves típicas con fuerte dimorfismo sexual: la hembra tiene forma redondeada, casi sin cola y cabeza más o menos negra, plumaje discreto, rojizo y con pintas negras,  con 0,38/0,60cm de largo, recordando una codorniz. Viven en pequeños bandos extremamente discretos, excepto en la época del apareamiento y la reproducción cuando los machos cantan bastante alto. Pasan la mayor parte del tiempo en el suelo buscando simientes e insectos; de noche, procuran las perchas del arbolado más próximo. Son por lo general aves robustas, de alas cortas y coloración vistosa, pero no aptas para el vuelo a grandes distancias. A esta familia pertenece también el faisán común = ave de gran preciosidad en su desarrollo corporal y muy rústica (de fácil adaptación a diferentes climas); se trata de una especie de caza menor o caza de pluma. En la actualidad, la subespecie más difundida en España es el faisán de collar (Phaisanus torquatus), criado en granjas y con el característico  anillo de plumas blancas alrededor del cuello; es muy apreciado por su carne: como se decía antiguamente, ‘sólo los emperadores comen esa carne’. En Prádanos,  siempre oír hablar de este pájaro, pero yo nunca lo vi en el campo y ni sé si algún paisano lo ha visto en mi tierra. Sin embargo, aunque la perdiz pertenezca a esa familia, su constitución física es muy diferente: más conocida en la península Ibérica como perdiz roja, o sea, un grupo de aves que tiene en común patas y picos de color rojo, pertenecientes al género Alectoris, entre las cuales se destacan las Alectoris rufa o perdices rojas –‘las más codiciadas en el mundo cinegético por protagonizar lances espectaculares gracias a su rapidez en el vuelo, potente arrancada y dificultad para ser abatida’. Se la considera una especie autóctona de la península Ibérica, aunque existan otras subespecies distribuidas por otras partes de Europa e islas mediterráneas.        
        La perdiz roja ibérica – ‘la reina de la caza menor’- mide unos 0,38cm de longitud y se destaca por su plumaje de color pardo-rojizo con la garganta blanca y rayas obscuras en la parte superior del pecho. Mucha atención: no se la debe confundir con la perdiz pardilla (Perdix perdix), especie gallinácea también perteneciente a los faisánidos, pero al contrario de la perdiz roja es encontrada en colinas y en la meseta castellana, en cuanto aquella vive en terrenos montañosos por encima de los 1.200m de altitud, particularmente en la región cantábrica, si bien esté presente asimismo en la Europa centro-septentrional donde habita en zonas de ‘llanura’, en torno o a lo largo del río Danubio. Esta especie de perdiz denominada pardilla (también frecuente en la península Ibérica) es la menor de los faisánidos después de la codorniz. Mide apenas unos 0,25/0,30cm de longitud. Es un poco más pequeña que la perdiz roja encontrada preferentemente en España. Su aspecto es de color castaño-anaranjado, así como los flancos de la cola. Cuando despliega las alas presenta unas plumas en forma de barras con franjas marrones, mientras el dorso es pardo-claro. Su plumaje pardo-grisáceo nos muestra manchas blancas en el cuello como las otras especies. Ya en el vientre muestra claramente la mancha característica de color pardo-oscuro. El pico de esta especie es mucho menor que el de las otras perdices ibéricas, de color pardo-mate; las patas son grisáceas. Los ejemplares más jóvenes disponibles en España presentan la cabeza y el cuello totalmente tomados por colores castaños-grisáceos con el centro de las plumas recorrido por una estría leonada, en cuanto la cabeza muestra unas plumas más oscuras de un tono negruzco. La perdiz pardilla es una especie gregaria: en bandadas de 8 a 14 individuos, frecuenta los campos recién sembrados  (otra fuente, anota entre 16 y 25 ejemplares), en medio de rastrojos o dondequiera que encuentre semillas y granos esparcidos por el suelo. Por lo general, su actividad es mañanera (a las primeras horas del día) o a la hora del crepúsculo. Sus hábitats preferidos son los campos o los linderos de prados y campos cultivados, así como bosques y matorrales. A noche se reúnen en bandos protegidas por los ramos de arbustos y matorrales cerrados. Más que ave voladora, la perdiz pardilla es una excelente corredora. En situación de peligro no vuela como las demás especies avícolas, sino que corre desde el campo donde se encuentra hasta el escondrijo en el cercano sotobosque a gran velocidad. Parece que adivina la reacción del cazador, su mayor enemigo en España, y creo en el mundo entero. Otra diferencia clásica de la perdiz pardilla en relación a  otros faisánidos es su carácter monogámico: macho y hembra se juntan en la primavera y pasan el resto del año en familia, en bandadas. El nido es una especie de taza en el suelo -¡ah, que nostalgias de mi tiempo de niño en Prádanos de Ojeda. ¡Qué alegría y encantamiento cuando encontrábamos un nido de perdiz o codorniz en el campo! Al contrario de algunos niños, yo nunca destruí un nido siquiera; mi amor por el campo y la naturaleza comenzó por ese desvelo y cariño por los bichos ya antes de verlos nacidos!  Además de su estilo concentrado, el nido solía estar oculto entre las hierbas altas. Es muy curioso: los polluelos de la perdiz ya son capaces de seguir a la madre al poco tiempo de nacer; los padres les enseñan desde pequeños a buscar el alimento de cada día, básicamente semillas y gusanos. El hábitat ibérico de la perdiz pardilla es normalmente la cornisa cantábrica entera y las montañas pirenaicas, pero se la ve también en todas las regiones europeas: desde las islas Británicas/Islandia hasta la región de los Balcanes/Turquía. Existen dos subespecies denominadas Alectoris rufa hispaniensis (1894) con casi las mismas características (a penas es un poco menor; sólo un ornitólogo es capaz de diferenciarlas), y la Alectoris rufa intercedens  (1858), más oscura y de colorido brillante con pico más grande.          
          Mientras tanto, la perdiz roja o perdiz común (Alectoris rufa) – como dijimos, ave autóctona de la península Ibérica- es una especie eminentemente cinegética que ocupa variados hábitats, incluidos los campos de cultivo donde nidifica y completa la reproducción anual. Es ave gregaria y vive normalmente en bandadas. En nuestros pueblos es ave de verano, encontrada en cualquier paraje. Cuando menos se espera, si se anda por el campo, surge a nuestra frente con aquel clásico alboroto de alas desplegando desde el ras del suelo, sobre todo en arroyos con un poco de humedad. En mis paseos veraniegos, ¡cuántas veces yo topé con estos graciosos animales silvestres!. Incluso, me encontré con un guarda forestal muy cuidadoso y amante de su profesión: a él dedico este recuerdo y homenaje por ser un vigilante atento al cumplimiento y defensa de las aves cinegéticas en mi tierra natal. Infelizmente, la perdiz roja es un ave muy cazada en toda la península Ibérica; en verano, parece que los cazadores se ceban en matarlas. No sé con qué objetivos, pues  actualmente con tantos cebos y venenos extendidos por nuestros campos resulta tremendamente arriscado comer carne silvestre. La perdiz roja es, antes de todo, una especie terrestre; vive en bandadas fuera de la temporada con motivo de la reproducción.  En la época de apareamiento vive en tierras bajas de secano (agrícolas y/o áreas abiertas y pedregosas), y aquí pone sus huevos (oscila entre 12 y 18) en un nido hecho en la tierra aplastada. Su alimento habitual son las semillas y granos, que completa con un suplemento proteico esencial a la especie, los gusanos. Su reclamo característico es aquel trisilábico y monótono ka-chu-chu universal, según opinan los ornitólogos y estudiosos del genero Alectoris. 
        La perdiz roja, especie naturalizada por siglos en el sudoeste de Europa (Francia y España/Portugal), ahora se la ve compitiendo y a veces reemplazada por otra muy parecida con ella, la perdiz griega (Alectoris graeca). Las dos subespecies europeas oscilan entre 0,35 y 0,40cm de longitud por 0,50/0,60cm de envergadura y una cola que no supera los 0,10cm. Se la identifica por la cabeza maciza en la base, un pico de fuerte consistencia y su coloración rojiza brillante. Los ojos muy vivos y saltones están ligeramente rasgados hacia atrás de color pardo-claro. En la nuca, aparece el píleo (tipo sombrero, presente en las aves con plumajes coloridos) de color castaño-grisáceo o, como prefieren otros, gris-vináceo muy subido (¡?). El pecho y la zona superior del vientre son grises con tonalidades pardas; ya las partes inferiores son de un ton amarillo-anaranjado. Por lo general, las perdices tienen coloraciones que alternan los tres colores más frecuentes: blanco, rojo y castaño, ribeteados por líneas negruzcas. Las patas y el pico son también rojos, siendo precisamente en las patas donde más se caracteriza el llamado dimorfismo sexual entre la especie: el macho posee en los tarsos el famoso espolón (una excrecencia  de naturaleza córnea muy común en los gallos); las hembras carecen de esta particularidad o la tienen en un tamaño casi invisible. En algunos casos, las huellas de la perdiz presentan el dedo frontal medio con una longitud casi duplicada en relación a los dos laterales (están separados por un ángulo idéntico), en cuanto el tarso posterior está en la misma línea que el tarso medio. Los machos tienen manchas negras, amplias y brillantes, en el pico y en el collar. Y poseen espolones en ambas patas de aspecto compacto y ancho. Las alas tienen una envergadura de 0,15/030cm o más. A su vez, las hembras tienen las machas negras más reducidas, con el pico y el collar de color negro-mate. No poseen espolones, al menos del tamaño de los machos. Si por acaso alguna especie aparece con esta excrecencia, sólo lo muestra en una pata y tiene un aspecto puntiagudo aunque con cierta anchura en la base. El espolón es simplemente una concreción ósea usada por los machos como defensa; las alas de las hembras son también un poco menores.  
        La perdiz roja es una especie avícola que come todo tipo de alimento (es, por tanto, omnívora), aunque predominan en su comida diaria las semillas y granos de cereales cultivados por el hombre. Según leí en un escrito sobre el tema, su autor aseguraba que la dieta de las perdices está compuesta: ‘a la semana de vida por unos 66% de invertebrados y 33% de semillas y flores. A las 2 semanas, su alimentación se invierte e ingiere un 66% de semillas y flores, y un 33% de invertebrados. A las 3 semanas, cuando se pueden considerar adultos, siguen consumiendo un porcentaje mayoritario de vegetales (97% que se reparte entre semillas, frutos, hojas, raíces y flores; el resto lo aportan los insectos y los líquenes). En realidad, la alimentación de las perdices está  condicionada por la disponibilidad de alimento que, a su vez depende en gran medida del clima y del hábitat existente en el lugar donde habita. Sin embargo, algunas subespecies se alimentan preferentemente de hojas, hierbas verdes de los prados, frutas silvestres… La perdiz –y los cazadores conocen este detalle- suele aparecer con cierta regularidad en las proximidades de manantiales y fuentes de agua, charcas y arroyos (su ‘lugar de siesta’ predilecto), debido a que este elemento natural es absolutamente necesario en su organismo en mayor medida que en otras especies avícolas. Los polluelos, a diferencia de los adultos (machos y hembras) se alimentan sobre todo de larvas de insectos, pequeños moluscos de agua dulce, gusanillos terrestres y pequeñas semillas que encuentran en los campos y consiguen triturar con su pico aún por crecer. Toda la familia, a medida que crece y se desenvuelve, pasa a tornarse cada vez más granívora o predadora de simientes, lo que quiere decir que su alimento principal o exclusivo son las simientes de plantas o granos, y la naturaleza les proporcionó un medio importante, el pico y el organismo adaptados al consumo de granos y simientes ej.: la perdiz, el gorrión, las palomas, los pardales, etc. Estas características alimentarias de las aves granívoras tipo la perdices facilitan su cría en cautividad y con ello un supervivir más largo y tranquilo.   
      Las perdices rojas ibéricas prefieren, según me decía un vecino, lugares pedregosos con monte bajo y tierras de labranza, donde se hacen frecuentes las siembras de cereales de invierno y las leguminosas = plantas leñosas o herbáceas con frutos tipo legumbres y con diversas especies cultivadas por su importancia en la alimentación humana y del ganado doméstico o aplicaciones industriales ej.: el garbanzo, la lenteja, la judía, el guisante etc, y plantas forrajeras ej.: alfalfa, trébol, veza etc. Es una especie sedentaria y se distribuye por toda Europa, principalmente en la península Ibérica, excepto en la cornisa cantábrica. Su hábitat se extiende desde el nivel del mar hasta los 2.500m de altitud. A partir de enero empieza la temporada de apareamiento: el macho prepara varios nidos en depresiones someras o superficiales, siempre con poco tapizado de vegetación. La hembra escoge uno de ellos, anida en el suelo y pone entre 12 y 18 huevos, sub elípticos, lisos, brillantes y coloridos, dispersamente manchados o ‘pintados’. Pone los huevos a intervalos y los incuba en poco más de un mes. La hembra puede hacer dos puestas en nidos diferentes: en este caso, una puesta es incubada por la hembra y la otra por el macho. Los polluelos son nidífugos  = abandonan el nido con rapidez, aunque los perdigones (= los polluelos son insectívoros, consumiendo gran cantidad de hormigas, larvas y gusanos) permanecen unidos al grupo hasta el próximo periodo de cría. Las perdices ocupan un territorio pequeño, de solos 500m², debido a su carácter eminentemente sedentario y el riesgo que supone desplazarse en busca del alimento. Durante el invierno, las perdices emiten un sonido o canto peculiar por la mañana y a la puesta del sol (generalmente en el momento de la dispersión y en el celo amoroso). Un detalle que este bicho inteligente no muda, y es aprovechado por los cazadores contra ella: cuando la bandada se dispersa lo hace en la misma dirección, ya cuando duerme lo hace en lugares abiertos para facilitar la huida. Se desplaza para comer caminando al amanecer y al crepúsculo en cuanto algún individuo vigila alrededor. Beben en charcas cuando las fuentes y arroyos no están en las cercanías. A veces aprovechan el rocío condensado, y al medio día hacen la higiene personal, cuidando del plumaje y tomando baños de arena, una de las actividades (desde la primera hora del nacimiento) que más practica la perdiz: recostada sobre la tierra desnuda, esponja las plumas mientras con el pico, las alas o las patas se echa polvo sobre el pecho, el dorso y los costados.     
     Las perdices, a pesar de ser bastante gregarias -forman parejas, grupos familiares y hasta plurifamiliares-, son aves muy inquietas, nerviosas, asustadizas y tímidas, que se esconden al menor peligro, agazapándose entre la vegetación, demostrando preferencia por los bordes de caminos, cunetas, arroyos y lugares por donde transitan habitualmente personas y vehículos. En marzo, el reclamo de los machos y hembras es continuo en los caminos y campos de Castilla. Es proverbial entre los labriegos el canto de las perdices, ciertamente característico y comparado al sonido de una antigua máquina de vapor. Parece increíble, pero cuando un macho invade el territorio de otro macho, los dos miden fuerzas a través de su canto, tratando cada uno de los contrincantes amedrantar al rival con el canto cada vez más fuerte, en cuanto que se aproximan por entre la hierba. Si el invasor no se retira parten para la lucha física a picotazos y saltos sobre la cabeza y espaldas del adversario para herirlo con los espolones de las patas como hacen los gallos de corral. Generalmente, las consecuencias no son graves, pues el perdedor procura retirarse o escurrirse como puede, y si lo permite el vencedor. El desenlace es un gran finale apoteótico: con más fuerza que nunca, el vencedor de la pelea entona su canto de victoria en cuanto las hembras responden haciendo  coro a tamaña cantoría. Los perdigones o pollitos son tan vivarachos que antes de 24 horas tras romper el cascarón ya están corriendo atrás de la madre corriendo por entre la vegetación con una agilidad sorprendente y ‘extraña’. En la reproducción de la perdiz, la vida corre a mil por hora; no existe pérdida de tiempo. Y desde pequeñines, los polluelos muestran el collar punteado de blanco y negro a los dos lados del cuello, unas rayas de color castaño que los ornitólogos decidieron llamar de chalecos. Desde pequeños tienen un aspecto rechoncho, con alas y cola cortas como los padres (machos y hembras).  
        No sé si ya señalé lo bastante que la perdiz busca terrenos despejados, y vive lejos de bosques densos, aunque de vez en cuando visite las linderas de sotobosques con especies caducifolias (árboles y arbustos que pierden el follaje durante una parte del año, por lo general en el otoño/invierno). En España la perdiz anida con relativa frecuencia en extensos claros del bosque mediterráneo, donde abundan las encinas, los robles y los quejigos junto a tomillos, romeros y brezales, pero su hábitat preferido es sin duda alguna los campos de cereales que le ofrecen comida abundante (semillas y granos). Y aunque se las ve prácticamente en toda Europa, y de modo particular en la península Ibérica,  las perdices son más abundantes en cotos y reservas cinegéticas del centro-sur y levante de España. Las repoblaciones actuales permiten altas densidades en zonas donde antes se cazaba mucho y se impedía deliberadamente su reproducción. En contrapropuesta, la región norte-ibérica detiene bajas densidades, sobre todo en la costa cantábrica desde Galicia hasta los Pirineos.  No obstante, cautelas y precauciones deben ser tomadas en relación a la reproducción de la perdiz, especie autóctona de la península Ibérica, pues las parejas tan sólo consiguen sacar adelante unos 30/35% de las crías incubadas y nacidas durante el año. Los causadores de este lamentable desempeño de la perdiz está en sus depredadores naturales: lirones, culebras, ratones, lagartos, zorros, águilas reales, halcones peregrinos y otras aves de rapiña de mayor envergadura como los azores y gavilanes ratoneros. Y como siempre  -¡hasta con más frecuencia si cabe!- los cazadores que se ensañan en perdices y codornices como recreación por no tener otra cosa que hacer. La mortalidad de la perdiz causada por todos esos factores oscila entre 60 y 65%, pero estudiosos y conservacionistas estiman que más del 40% de esos totales se debe a la caza tanto la regulada como la furtiva –leí que debemos considerar con ‘reservas propias este tipo de afirmaciones’ (¡?).          
   Yo, personalmente, creo que es todo lo contrario: muchas de esas estadísticas están camufladas (tal vez forjadas) en detrimento de las especies silvestres, o sea, los índices de mortalidad casi siempre son mucho mayores en virtud del poder venal de los clubes de caza y sus miembros, ciertamente encobertados por quienes de hecho y de derecho debían cuidad y proteger la fauna local o regional. Y para probar que mi pensamiento no es errático, transcribo lo que nos dice el Cuaderno de Caza, de José Luis Garrido, considerado ‘alma mater’ y maestro en asuntos de perdices (¡?). Su estudio versa sobre el ‘declive de la perdiz roja’ en España. Desde el inicio nos plantea la siguiente cuestión: ‘la existencia de muchas especies predadoras, con alta densidad y con afinidad exclusiva hacia la perdiz, cuya población es muy escasa y, además, se dé en un coto donde haya pocas presas alternativas, será la situación más negativa para la perdiz. El año de 2007, con la plaga de topillos, fue un año de excelencia perdicera en Castilla y León, porque rapaces y cánidos tenían asegurada la comida sin moverse de un corro y sin necesidad de espiar a las perdices’. Siendo verdadero, el razonado me parece correcto, pero al final del estudio él mismo reconoce: ‘espero recupere parte de las perdices que se llevaron las incongruencias acumuladas de todos los que las manejamos, condicionamos y agredimos. Esperemos este año y en el futuro un trato más racional’. La conciencia parece pesar un poco, porque en el futuro nuestro paisano castellanoleonés espera no agredir (¿matar?), y tratar a la perdiz con mayor racionalidad, porque hasta la hora presente pocos cazadores lo hacen. ¿Será que algún cazador, por casualidad, piensa en eso? … De ahí valer mucho el trabajo de la UNAC = Unión Nacional de Asociaciones de Caza, pidiendo socorro al Ministerio de la Agricultura, o sea,  medidas enérgicas contra cazadores furtivos y también labradores que están acabando con ‘la reina de la caza menor’, nuestra hermosa y encantadora perdiz roja. De no hacerlo ‘no solo acabará con las últimas poblaciones salvajes de la perdiz roja, sino que acabará también con gangas, terreros, sisones o avutardas que presentan en España las últimas poblaciones silvestres de Europa’. SOS Perdiz exige, por tanto y con razón: ‘Europa debe parar esta sangría que en las últimas dos décadas está minando a pasos agigantados nuestra riqueza ecológica y natural’. En 2006, la UINC listaba a la perdiz en la categoría preocupación menor (LC). ¡He dicho!


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